¡Ay, Naturaleza!
Cuando ella no me escribe, y mi corazón
la necesita intentando del pecho
egresar, y suspenderse un momento,
un impulso me lleva a ti, y comunión
repentina no puede esperar tanto;
voy a ti, errabundo y triste, y te contemplo.
Ay, Naturaleza; me dice mi alma:
¡Ah, sumérgete en ella para embeber
pronto tus sentidos que te hacen penar!,
tal vez les otorgue un olvido natural.
Cuando estoy flébil y solo, acudo a ti
¡oh, buscando no pensar en mi amada!
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