Imágenes desordenadas
A Robert Browning (1812-1889)
¿Por qué tanta diferencia hay entre un árbol y otro
que no están tan distantes entre sí?
Las ideas reclaman convertirse en imágenes
de empíricos cuerpos densos, para pronto
resquebrajarse, romperse y desaparecer,
como si en el mundo no hubiesen existido jamás;
y luego, libres, huir prontas del alma,
hacia las queridas regiones primigenias,
do los "tipos fijos" Bondad y Beldad
las conducen al centro de Luz de que emanan;
y limpias sus terrenales máculas, brillan...
Ay, no las retendré, ¡volad como palomas!
Vuestra partida es para mí un lastre
que ansío soltar, y en el muerto olvido perder.
¡Oh, no os aflijáis!, yo comprendo vuestro
cansado peso de acumulados años que no resistís.
Nadie se preguntaba por qué existían los árboles,
las flores ni las plantas, en el pasado infantil
diminuto que bien no se grabó en el lienzo mental.
Nadie molestaba en los juegos sin ayes de tristeza,
diciendo la luctuosa expresión: ¡Estoy triste!
¡Era impensable!; y en las diversiones felices
no estaba presente la noción de finitud de las horas.
Las armaduras medievales siempre captaron mi atención.
Las veía en mi vida pueril y adolescente, en los
animados dibujos, cual pictóricos mantras aún me inquietan.
Las calmas nubes anuncian estados anímicos debo corregir,
con sus distintos tonos, colores y formas.
¡Tus oídos a oírlos están predispuestos, oh, poeta!
Despréndete del material elemento que te abruma,
con sus carnales achaques y con el monótono dolor de Sísifo,
corrompido por el flébil pecado y la rebelión obscura,
que debes cargar por tener materia, y mézclate en el éter...
Las flores que jamás vi, que en mis manos tuve jamás,
han de ser próximos seres a mi tranquila casa, y aromarán
bellas y armoniosas todos los días mi puerta feliz de luz.
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