Mariposa
Extensos baños de sol tomaba la Eneida conmigo,
sus hojas y mis manos,
en la yerma terraza de verde vegetación,
ardían por el calor del astro central de luz.
Levanté los ojos del caliente libro,
como hacía sin querer Roland Barthes,
y apareció esa nimbada criatura, descendida del azul
del cielo, súbitamente, lábil mariposa: ¿Ya te vas?
Oh, no te vi de cerca, no acariciaron mis dedos tus alas;
¿tal vez tú dirás que oí el tris de tu aleteo delicado?
Tus espléndidos colores contemplé en mi niñez, por ensalmo,
algunas veces en que algunos niños te seguían
en las veraniegas casas de vacaciones, y veloz pasaste;
y veloz vuelas ahora otra vez elusiva por mi terraza...
Verte de día no fue casual; pues mi ser vibraba en amor...
¡Mariposa lumínica, seguiré tu vuelo; aunque te marchaste!
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