¡Mis perfumes constantes!
Mis pálpebras laboriosas no se maquillan con
lóbrega pátina del ideal sombrío de Baco.
Él fue despedido en su final liburna silente,
sin lloros, y no hubo necesidad de cubrir
con crespones lacerados mi corazón que no lloraba.
¡Oh, día feliz en que miré consciente y ligero el sol...!
¿Esperas que yo te dedique una flébil nenia,
que sangre y llore y gima sentimientos obscuros,
tú, que con salaz inspiración fuiste su ludibrio y su lacha?
No, no esperes que con jirones negros que lloran mi lira
de luz vierta angustiantes lágrimas en tu lucillo que olvidé.
¿Acaso crees que mi ser que se elevó alguna vez lo visitará?
En la misma calígine del paisaje umbrío que me hiciste imaginar,
entre nocturnos desórdenes, !rediós, yaces yerto ahora!
Vete con tus neomenias sensuales y de confusión, con tu blasmo...
Baco, que me deje dile a tu lúgubre y profundo ideal.
Cingiberácea, eres una delicada perla rúbea
en el aro fino de hojas verdes y purpúreas.
Las neguillas celestes, ah, intercambian aromas
con el nilad blanco cuyos centros ambarinos
son como soles que sorben su meliflua ambrosía....
Diamelas blancas, daturas amarillas y rojas
como campanas flotantes de seda desmayadas,
vosotras sois tan nobles que escoltáis los helechos
perennes y copiosos que miran los naranjos nísperos;
lábiles rabanillos cerca del árbol..., prímulas purpurinas;
como refulgentes blasones del valle verdoso se yerguen guardianas
y altivas mirando el ínclito cielo sobre la sutil elevación
rabiacanas de ojos naranjas y risibles melenas amarillas,
regaliz, nebrina, lepidios, salvia rosmarinus bellísimos,
estaréis junto a mí, y cantaréis como alegres náyades.
Las abrazaré, ¡mis perfumes constantes! y las miraré desde el farallón verde.
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