Lord Byron
¡Lord Byron!, ya no recuerdo las iterativas veces que embriagué mi alma umbría en su memoria y honor. ¿Y a qué dama que intenté seducir yo no le hablé del vate romántico que puso en jaque a tantas reputaciones inglesas? ¡ Cielos, George Gordon, qué hermosas molodías se desgajaban de tus elegantes versos, profundos, con hastío y de una cadencia elevada de Júpiter* que ya ningún poeta ulterior pudo imitar! Entre consuetudinarios deslices, deportes y ebriedades, caíase en el amanecer de tu elevación... una lágrima de tus azules ojos que miraban siempre la luz, y surgía una flor que Melpómene desangrada y otra musa de la melancolía y de la desazón, tomaban y la convertían en un verso en el trajín de los placeres engañosos del mundo. ¡En mi hoja y en mi pluma estuvo tu voz que agradecí! ¡Por la Bóveda Celeste que vio Ezequiel; y por la vara...